lunes, 28 de septiembre de 2009

La Cataluña feudal

ESTHER VERA

Como está casi todo inventado, vayamos a los sistemas políticos clásicos: las democracias anglosajonas. A pesar de sus muchas imperfecciones y aparatosos defectos, las mejores democracias comparten algunos conceptos: contrapesos del poder (checks and balances), rendimiento de cuentas (accountability) y la meritocracia como método preferido de selección de personal.

Una democracia y una economía sólidas sólo pueden basarse en la meritocracia, en las élites que lo son por capacidad y esfuerzo

El latrocinio confesado por Fèlix Millet y algunos familiares y amigos en el Palau de la Música pone en evidencia algo que ya sabíamos: esto no es América.

El escándalo del Palau deja en evidencia la precariedad de nuestros mecanismos de control institucional, la falta de supervisión de las cuentas públicas a pesar de las numerosas instituciones existentes para fiscalizarlas, la poca asunción de responsabilidades cuando se pone de manifiesto el incumplimiento de nuestra función, y un sistema de élites feudal.

La Sindicatura de Cuentas realizó su última auditoría al Palau de la Música y las instituciones que lo rodean en el año 2000. El informe se elaboró en 2002 y llegó al Parlament en febrero de 2003. Según el Síndic, no se actuó por falta de recursos económicos y no se verificó con posterioridad si sus indicaciones se cumplían. Ninguna de las administraciones que tan generosamente habían financiado el Palau había detectado irregularidades. Tampoco los numerosos patronos.

El consejero de Cultura admite "ingenuidad", el consejero de Economía pide a Millet "dignidad" y que devuelva la Creu de Sant Jordi -al consorcio se le aportaron 1,6 millones de euros en 2007 y 2008, y a la fundación 30.000 euros-, y Josep Piqué se confiesa "decepcionado" con esa cara de susto que se les ha quedado a patronos, amigos y familiares que no vieron nada en décadas.

¿Hubiera sido posible no detectar el gran fraude si Fèlix Millet no formara parte del Partenón social catalán, de la Cataluña feudal que hereda cargos, prebendas y respetabilidad pública?, ¿si Millet no fuera puro Gotha local?

En libro L'oasi català, Andreu Farràs y Pere Cullell hablaban de las cien familias que se reparten el poder. Una idea compartida por el propio Fèlix Millet Tusell, que les decía a los autores: "Somos unos cuatrocientos y siempre somos los mismos", citando como lugares de encuentro el Orfeó Català, el Círculo del Liceo, la tribuna del FC Barcelona y La Caixa.

Los mismos desde el colegio (antes Virtèlia o Jesuitas), pasando por el club deportivo, el lugar de veraneo y el consejo de administración.

Millet había simultaneado sus cargos en el Palau con su presencia en una quincena de fundaciones culturales, empresariales y deportivas. Fue Josep Lluís Núñez, necesitado de pedigrí, quien le pidió que se incorporara a la junta para llevar adelante la Fundación del FC Barcelona y allí continuó Millet con Joan Gaspart a pesar de haberse presentado en la candidatura de Bassat. ¿Quién no iba a aprovechar el centro negocios y contactos que representa la entrada a tribuna?

¿Por qué acudió Núñez a Millet? Por su pata negra catalanista. A Fèlix Millet Maristany, padre del Millet ahora en apuros, el Generalísimo le llamaba el catalán cuando era el presidente del Banco Popular durante el franquismo. Como presidente del Orfeó, Millet Maristany protagonizó algunas de las páginas más significativas de la reivindicación catalanista durante la dictadura. Els fets del Palau tuvieron como consecuencia el consejo de guerra a Jordi Pujol. Fèlix Millet tiene dos hermanos: Joan, que fue consejero de Banca Catalana con Jordi Pujol, y Xavier, candidato de CiU en 1979 a la alcaldía de Barcelona en las primeras elecciones municipales, cuando Pujol lo colocó como candidato salomónico entre Ramon Trias Fargas y Miquel Roca.

Al sector castellanohablante de las cien familias pertenece Esther Tusquets, que en jugosas anécdotas explica bien el peso de las relaciones sociales barcelonesas y el ambiente de los que habían ganado la guerra, en su biografía juvenil. Su apellido también aparece colateralmente en el escándalo del Palau.

Su hermano Óscar ha tenido durante años una estrecha relación con Millet. Algunos arquitectos de su despacho han estado trabajando permanentemente en grandes o pequeños proyectos públicos o privados relacionados con el Palau. La reforma de 1989 se proyectó inicialmente en nueve millones, aunque en la facturación oficial de 2004 llegó a 24. Tusquets asegura que sólo facturó por 12.

Una democracia y una economía sólidas sólo pueden basarse en la meritocracia, en las élites que lo son por el mérito, la inteligencia, la capacidad y el esfuerzo. Lo demás es feudalismo.

El País 24/09/2009

martes, 19 de mayo de 2009

Rawls; Libertad igual para todos.


“Sólo puede tolerarse aquello que sea compatible con el principio de libertad igual para todos”

John Rawls

martes, 10 de marzo de 2009

La Cataluña virtual de Thierry Henry.

por Antonio Robles.

La desafección de los ciudadanos a la política o, si quieren, su sensación de que los políticos no son consecuentes con sus promesas (66,6%, según el CEO, cree que «los políticos buscan el beneficio propio»), es un problema de cualquier democracia, también de la española.

En Cataluña, además, se añade al rosario de incumplimientos, la obsesión por sustituir la realidad común de los mortales por otra virtual, impuesta por una hegemonía parlamentaria, gubernamental y cultural, y transmitida por sus medios de comunicación públicos y buena parte de los privados subvencionados. El resultado es una falsificación de la percepción de la realidad por parte del ciudadano. Me explico: cualquiera que se pierda por el Parlament, por TV3 o por alguna de las consejerías del Gobierno, lo primero que percibe es que todo parece gestionarse como si fuéramos un Estado frustrado. España flota como un cuerpo extraño del que nos hemos de desembarazar. Nadie parece sentir apego, cercanía o simpatía por ella. E incide sobre la realidad. Thierry Henry la ha retratado fielmente: «Cataluña no es España»; y ha añadido al día siguiente: «No es una opinión, lo he visto». No miente, ni manipula, transmite lo que percibe en el ambiente publicado o forzado en el entorno del Barça, de Joan Laporta.

Sin embargo, más allá de esa atmósfera forzada y superficial, cuando las encuestan (CEO) nos acercan a la realidad corriente de la calle, vemos que sólo existe un 17,5% de ciudadanos que se sienten únicamente catalanes, e incluso no todos ellos pretenden un Estado propio (un 16,1%).

En Cataluña, la acción política y los medios de comunicación como correa de transmisión de aquélla, recrean las quimeras nacionalistas para hacerlas pasar por reales. No le va mal el negocio: El Parlament es un fiel reflejo de esa realidad virtual. Si hiciéramos una encuesta entre los parlamentarios, ese porcentaje del 17,5% que se sienten únicamente catalanes se quintuplicaría. En TV3 no haría falta ni hacerla.

Esta atmósfera falsificada es fruto de percepciones interesadas y mentiras repetidas a sabiendas que lo eran. Una de las mayores, la constitucionalidad de la inmersión.

Es preciso repetir la evidencia cuantas veces haga falta: nunca el Tribunal Constitucional ha emitido sentencia alguna que la avale, muy al contrario, con motivo de la sentencia 337/1994, el Constitucional consagró la «conjunción lingüística» cuyo modelo implica que catalán y castellano han de convivir como lenguas vehiculares y ninguna de ellas puede ser excluida. Es más, en la primera enseñanza, dice el Tribunal, el alumno ha de ser enseñado al calor de la lengua materna y todos los alumnos deben llegar al final del ciclo educativo siendo competentes en las dos lenguas por igual. Precisamente, esta sentencia claramente contraria a la «inmersión», sirvió para que en la ley de política lingüística de 1988 se incluyese el artículo 21.2 donde expresamente se dice lo que el Constitucional resguarda en la anterior sentencia del 94: «Los niños tienen derecho a recibir la primera enseñanza en su lengua habitual, ya sea ésta el catalán o el castellano.La Administración ha de garantizar este derecho y poner los medios necesarios para hacerlo efectivo »

Sabedores de su poder mediático para contrarrestar la réplica de los perjudicados, se ha repetido la mentira tanto y tan persistentemente que la inmensa mayoría de sus gestores la ha tomado como verdad, incluso parlamentarios y periodistas la sostienen convencidos, ajenos a la mentira misma.

Pero no se conforman con manipular nuestro Tribunal Constitucional, lo hacen con el Consejo de Europa. El pasado 11 de diciembre de 2008, La carta de Europa de las lenguas Regionales o Minoritarias recordaba que la inmersión es un buen método de enseñanza de lenguas, siempre y cuando fuere voluntaria; y dictamina: «La carta no prevé la enseñanza obligatoria para todos los alumnos, sino, únicamente, que todos los alumnos reciban educación en catalán si sus padres así lo desean».

Pues bien, la prensa catalana repite lo contrario, que el Consejo de Europa ha avalado la inmersión catalana. Una mentira grosera repetida como un mantra.

La última instancia internacional en recordárselo ha sido la Comisión de Cultura y Educación del Parlamento Europeo este mismo mes, la cual ha votado a favor de que los padres puedan elegir la lengua oficial en que quieren educar a sus hijos: «Es esencial salvaguardar la posibilidad de que los padres y responsables de la educación elijan la lengua oficial en que han de educarse sus hijos en los países en que coexistan una o más lenguas oficiales o una o más lenguas regionales».

Si Thierry Henry llevara a sus hijos a la escuela, incluso podría llegar a pensar que el castellano es un idioma extranjero.

Antonio Robles, El Mundo 1 de marzo de 2009

miércoles, 7 de enero de 2009

Ocupar el lugar del amor a la Humanidad.



Se dice que fue el Abad Augustin Barruel (1741-1820) el primero en acuñar el término "Nacionalismo". Lo introdujo en su critica a los revolucionarios, para quienes el término "Nación" era, más que nada, usado como oposición a monarquía y no tenía el sentido que le daría después el Romanticismo. Pero el "nacionalismo" tiene ya para él connotaciones que nos resultan hoy familiares.

"En el mismo momento en el que los hombres se unieron en naciones dejaron de reconocerse unos a otros con un nombre común. El nacionalismo o amor a la nación ocupó el lugar del amor a la humanidad en general"

lunes, 29 de diciembre de 2008

Por un nacionalismo español y democrático. (III)

(por Joaquín Leguina)

Los nacionalistas periféricos plantean la paradoja de una nación, España, que si no se autoafirma demuestra su inexistencia y si se exhibe muestra su carácter autoritario (franquista). Ésta es, precisamente, la trampa en la que se halla presa una buena parte de la izquierda española. Ésa es la jaula cuyos barrotes es preciso romper, porque como escribe Helena Béjar, “la izquierda identifica descentralización con progresismo, mientras los nacionalismos periféricos convierten a España en una noción retórica”.

En el estudio ya citado, la investigadora no encuentra referencia al españolismo tradicional en ningún grupo de estudio, ninguna nostalgia parece existir del franquismo ni de la España centralista entre los encuestados, pero tampoco abundan (excepto entre aquéllos con un discurso intelectualmente elaborado y próximos al PP) los proclives a la defensa de una España como nación política y cultural, con una lengua, una historia y ascendencia comunes. Ahí, en este déficit, radica, a mi juicio, una gran debilidad: la que favorece la idea de unos nacionalismos, los de las naciones sin Estado, como “progresistas” para la izquierda bienpensante.

En estas condiciones, me atrevo a asegurar que cualquier apelación a la pertenencia ciudadana, a la racionalidad, a la Constitución… Todo lo que se haga en pro de un lenguaje de compromiso democrático, de la ciudadanía incluyente, de un patrimonio constitucional común serán piezas intelectualmente solventes y útiles… pero insuficientes. ¿Por qué?

Porque ese discurso tiene un gran déficit emocional. España no es sólo un Estado que ha de proteger a sus ciudadanos: “Cuando veo la bandera de España en un edificio público sé que allí se me está defendiendo y si no la veo no lo sé” (Fernando Savater). España es, además, una nación de la que nos sentimos miembros. La identidad ciudadana, post-nacional y europeísta, siendo elogiable y deseable, resulta, a todas luces, incompleta a la hora de construir unos anclajes sociales eficientes, capaces de parar la actual ola disgregadora.

Es preciso reconstruir (o construir) en España un nacionalismo democrático insertado en la tradición liberal –la de Ortega, la de Fernando de los Ríos, la de Giner, la de Prieto, la de Azaña-, en lugar de destruirlo o desmontarlo, y para ello la izquierda –ella sobre todo- tiene que echarle siete llaves al sepulcro del franquismo y, en consecuencia, también al del antifranquismo. Un franquismo que, pretendiendo hacer todo lo contrario, lo que consiguió fue quebrar la conciencia nacional, al identificarse él con España, motejando a quienes se le oponían de Anti-España. Un franquismo que, a la postre, sirvió para justificar un victimismo revanchista que no deja de hacerse oír, con ocasión o si ella.

Buena parte de la generación de 1968, a la que yo pertenezco, sigue presa de una inercia absurda que –como dice la profesora Béjar- “le impide abrazar la bandera española como propia, mientras se muestra tolerante con la continua y ubicua exhibición de las banderas catalana y vasca, encarnaciones de un patriotismo, ése sí, respetable”.

Hablemos, al fin, claro: Prat de la Riba y otros “regionalistas” (así se hacían llamar los fundadores del catalanismo) no proponían la independencia de Cataluña, y no la proponían no porque no la desearan, sino porque sabían que eso era imposible. Percibían con claridad que frente a esa aspiración existía una apabullante mayoría… y hoy sigue existiendo esa mayoría contraria, pero sus representantes políticos son, a menudo, incapaces de plantarse y -emulando a Alan Ladd frente a Jack Palance en “Raíces profundas”- decir a los nacionalistas: “No sigan ustedes por ese camino”. Aunque, a lo mejor, para que este “basta ya” se produzca haya que cambiar la Ley electoral…pero ése es otro asunto, dentro, eso sí, de la misma triste historia.

El Blog de Joaquín Leguina.

miércoles, 17 de diciembre de 2008

Por un nacionalismo español y democrático. (II)

(por Joaquín Leguina)

Antes de contestar a la pregunta de por qué la izquierda española se muestra reticente a expresar y defender una idea clara (política, cultural, sentimental…) de España, conviene que repasemos cómo se expresa hoy la ideología nacionalista de corte periférico. Lo haré sin recurrir a los grandes mitos y manipulaciones tradicionales, propias de estos nacionalismos, pero sí me atendré a la expresión inmediata, de hoy mismo, de esa ideología a través de un análisis cualitativo realizado por Helena Béjar(1), profesora titular de Sociología de la Universidad Complutense.


Veamos resumidamente las características del discurso nacionalista periférico detectadas por el estudio y no creo necesario tener que explicar el contenido mítico (cuando no directamente mentiroso) de un discurso que resulta ser –antes que cualquier otra cosa- profundamente reaccionario:

a) Esencialismo. “Cataluña es una identidad con raíces y lengua. Ello justifica la conciencia pueblo”. La lengua hace a quienes la usan miembros de una nación, no es un vehículo para la comunicación, es la expresión de la conciencia nacional. Aceptar el bilingüismo (en Cataluña, País Vasco o Galicia) sería aceptar la existencia de identidades complejas y el nacionalismo requiere de una comunidad homogénea, por eso detesta el bilingüismo.

b) Organicismo. La nación (Cataluña, País Vasco, Galicia) es un organismo vivo, personal, con un espíritu y un sentimiento propios e identificables.

c) Historicismo. La nación es el producto de una historia antigua cuya “cultura” maltratada se ha bruñido en largas guerras. “Los vascos somos el pueblo más antiguo de Europa”, “El pueblo vasco tiene siete mil años de Historia”, acaba de decir Ibarreche sin que le temblara la garganta al emitir semejante rebuzno).

d) Autenticidad. La versión moderna de este valor romántico es el diferencialismo. La diferencia respecto a los otros, como valor supremo frente a lo común.

e) Victimismo. Existe una injusticia histórica que ningún acto de expiación por parte de España podrá borrar. Por lo tanto, las demandas de los nacionalistas están condenadas a transformarse, pero no a saciarse. La necesidad de un enemigo, España, es la mayor constante en el ideario nacionalista.

f) El No-reconocimiento de España es la consecuencia de todo lo anterior. “España no existe”, “España no tiene nombre”, por eso se la moteja como Estado español, cuando no se la reduce a “Madrid”, el polo del poder transformado en enemigo, quienquiera que sea el que gobierne en ese lugar remoto y ajeno.

Una variante de esa falta de reconocimiento –muy significativo a propósito de lo que aquí estoy planteando- es lo siguiente: la visión que los nacionalistas periféricos tienen acerca del nacionalismo español al que ven, a la vez, como doliente (siempre quejándose de la pérdida de su antigua grandeza) y autoritario (franquista). De esta guisa, los periféricos consiguen colocar a los nacionalistas españoles entre la espada del franquismo y la pared de la negación o del silencio. En otras palabras: los nacionalistas periféricos plantean la paradoja de una nación, España, que si no se autoafirma demuestra su inexistencia y si se exhibe muestra su carácter autoritario (franquista). Ésta es, precisamente, la trampa en la que se halla presa una buena parte de la izquierda española. Ésa es la jaula cuyos barrotes es preciso romper, porque como escribe Helena Béjar, “la izquierda identifica descentralización con progresismo, mientras los nacionalismos periféricos convierten a España en una noción retórica”.

En el estudio ya citado, la investigadora no encuentra referencia al españolismo tradicional en ningún grupo de estudio, ninguna nostalgia parece existir del franquismo ni de la España centralista entre los encuestados, pero tampoco abundan (excepto entre aquéllos con un discurso intelectualmente elaborado y próximos al PP) los proclives a la defensa de una España como nación política y cultural, con una lengua, una historia y ascendencia comunes. Ahí, en este déficit, radica, a mi juicio, una gran debilidad: la que favorece la idea de unos nacionalismos, los de las naciones sin Estado, como “progresistas” para la izquierda bienpensante.



El Blog de Joaquín Leguina.

(1) Los discursos del nacionalismo en España. Claves de razón práctica. Nº 174. (Para el estudio se trabajó con 17 grupos de discusión en Madrid, Toledo, Barcelona y País Vasco).

martes, 2 de diciembre de 2008

Por un nacionalismo español y democrático. (I)

Aunque disiento totalmente con la propuesta, situado como estoy en el convencimiento de que nuestro futuro, si ha de ser justo y democrático, se encuentra en el post-nacionalismo, transcribo el texto de Leguina, por su certero análisis de la situación.



Por un nacionalismo español y democrático. (I)

Joaquín Leguina

Ibarreche anuncia (con fecha y todo) un referéndum para que los vascos decidan si Euskadi se independiza de España (por cierto, no es normal que nadie le pregunte a este pavo qué votaría él en semejante referéndum). En la misma dirección navega, respecto a Cataluña, Carod Rovira, un líder que forma parte del Gobierno de la Generalidad, presidido por un sedicente socialista llamado José Montilla, nacido en la provincia de Córdoba, quien se niega a usar en público el español (siendo ésta la lengua materna de la inmensa mayoría de los ciudadanos catalanes). Para animar la cosa, unos cuantos radicales, amparados por ERC, el partido de Carod, se dedican a quemar fotografías del Rey (no porque ellos sean republicanos sino porque el Rey es un símbolo de España) y, mientras, en las Cortes, todos los grupos nacionalistas (catalanes, vascos, gallegos…) reclaman la existencia oficial y la participación en los campeonatos internacionales de selecciones deportivas de sus respectivos territorios (no para intentar ganar o para competir ellos con solvencia sino para que España no pinte nada en el concierto deportivo internacional). Y todos estos provocadores se dirigen a sociedades -como la vasca o la catalana- cuyos ciudadanos, en su inmensa mayoría, se sienten vascos (o catalanes) y, a la vez, españoles, a los que habría de sumarse la cantidad de aquellos que -en porcentaje nada despreciable- se sienten sólo españoles.

Me temo que en la Historia de España no se había producido antes un guirigay soberanista de la envergadura ruidosa a la que estamos asistiendo. La música nacionalista nos era conocida, y también nos era familiar la letra, pero la orquesta y los atambores nunca habían sonado con tanto estruendo. En cualquier caso, resulta sorprendente el espeso silencio que retumba en las respuestas que brillan por su ausencia y que cabía esperar de la otra parte, es decir, de los partidos de ámbito nacional y, también, de las instituciones regidas por ellos: empezando por el Gobierno de España y acabando en el más pequeño de los ayuntamientos. Algo ha pasado en este ruedo ibérico, conocido antaño como “reñidero español”, pues ahora sólo quiere reñir una de las partes en litigio. Por eso, a mi juicio, merece la pena analizar las causas de tanta prudencia y es preciso hacerlo, muy especialmente, respecto a la izquierda española.

Poco se podrá decir de IU a este respecto, pues cuenta entre sus filas con un genio político del tamaño de Javier Madrazo, que tiene como oficio (y beneficio) ejercer de tiralevitas de Juan José Ibarreche. Así que vayamos a lo que importa, es decir, al PSOE. La pregunta es sencilla: ¿Qué opinan los dirigentes e intelectuales “orgánicos” socialistas de este ruido independista? ¿Por qué escurren el bulto o se disfrazan de noviembre ante esos discursos infumables?

Para los tácticos –tan abundantes en las direcciones de los partidos y también en el PSOE- este asunto, el de ruido independentista, es cosa que se explica por la necesidad que los nacionalistas tienen -como la tienen los pavos reales- de mostrar sus más llamativos plumajes ante un electorado nacionalista en disputa: en Cataluña entre ERC y CiU y en el País Vasco entre PNV y EA, ambos también en liza con Batasuna, a quien es preciso arrebatar su actual electorado. Un electorado que estará, al parecer, destinado a la orfandad cuando ETA desaparezca.

Se trata, pues –según estos tácticos, tan optimistas-, de una lucha por los votos en campo cerrado, es decir, dentro del electorado nacionalista; lucha adobada en Cataluña con la disputa presupuestaria en pos de la loncha más gorda del jamón: el jamón de las inversiones públicas. Por eso –siempre según ellos- no merece la pena entrar al trapo, porque, además, estos muchachos tan gritones, en el fondo, son buenos chicos y siempre estarán dispuestos a echarnos una mano en nuestra misión histórica, que es la de aislar al PP y, de paso, formar aquí y acullá junto a estos goodfellas “gobiernos de progreso”, en Cataluña, en Galicia o donde se tercie (menos en Navarra, por razones tan obvias como inconfesables).

Empero, hay una pregunta elemental a la que nunca responderán “los tácticos” del socialismo reinante y es ésta: ¿para qué ha servido abrir el melón de los estatutos de Autonomía, empezando por el catalán? Porque habrá de reconocerse que si con ello, con la apertura de ese melón, se pretendía atemperar los ardores guerreros dentro de las filas nacionalistas, el resultado ha sido desastroso. Claro que también puede argüirse que la brillante operación territorial, la de los nuevos estatutos se ha hecho con la sola intención de hacer funcionar mejor el Estado… pero este último argumento, tan repetido -todos lo sabemos y ellos también- es más falso que un euro de madera.

En fin, vayamos más allá y escuchemos las razones de quienes con más solvencia intelectual que la de los mentados tácticos argumentan desde la izquierda a favor del silencio. Lo que dicen es que las aspiraciones, demandas y reivindicaciones nacionalistas “no están en la agenda política”, que a esas añosas aspiraciones ya dio respuesta cabal la Constitución de 1978, por ejemplo, en sus artículos 1 y 2 (“La soberanía nacional reside en el pueblo español” o “La constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española”) y también en otras muchas leyes vigentes. Esa Constitución –añaden- fue el producto de una voluntad común de convivencia y de un pacto político en el que todos renunciaron a sus aspiraciones máximas… y ellos, los nacionalistas, también. Y, por lo tanto, venir ahora con esas salidas de pata de banco no viene a cuento… y el resto, como en el Hamlet, es silencio.

Aun estando de acuerdo –y yo lo estoy- con la base central y constitucionalista de esta argumentación, no conviene cerrar los ojos, al menos a dos cosas:

1. Si por “agenda” se entiende el conjunto de cuestiones políticas que –por decirlo así- están en el candelero público, entonces habrá de reconocerse que quien maneja con más habilidad y éxito la agenda política en España son los nacionalistas y, lo que es más grave, son su argumentario y sus reivindicaciones los que se escuchan… y se escuchan sin una respuesta contundente, al menos, desde la izquierda.

2. Ellos, los nacionalistas periféricos, parecen tener una idea acerca de lo que son sus sedicentes “naciones”, mientras nosotros, los españoles de izquierda, que sí tenemos una idea de España, no la expresamos o la expresamos con la boca pequeña. ¿Por qué?

El Blog de Joaquín Leguina.